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Convalecencias

Diario de guerra del Korvettenkapitän Georg Woflsohn.

Moderador: B.d.U.


Convalecencias

Notapor Georg Wolfsohn » 13 Oct 2012, 16:48

Se hace de día en el ala de habitaciones para oficiales heridos del hospital militar de convalecencia 114B, en Dortmund. El día comienza como el anterior y como el de antes y el otro y el otro antes de aquel. La enfermera jefe Schulze abre las luces del pasillo puntualísimamente a las 6 de la mañana. A continuación recorre el pasillo seguida de sus fuerzas de asalto en columna de a dos. Todas llevan mandil y cofia de un inmaculado blanco que contrastan con la camisa y falda reglamentaria de color gris claro. Algunas de las chicas marcan el paso de su jefa sin darse cuenta. La Schulze da sus órdenes sin gritar pero en tono que no admite réplica. Las enfermeras entran por turno en las habitaciones del ala destinada a oficiales y abren las cortinas. Llega el turno a nuestra habitación. Los cuatro juguetes rotos de la guerra que compartimos el cuarto despertamos a un nuevo día. Lejos quedan los días en los que un oficial tenía derecho a una habitación para él solo.

Las enfermeras trabajan rápidamente y con la eficiencia fruto de una larga práctica. Tres de ellas en tromba con cantarines "Guten Morgen".

Bruno Dietelmeyer, el teniente de tanques, les contesta con voz alta y clara. Bruno no es el más veterano en nuestra sala en el hospital, pero cree que probablemente será el primero en irse. Durante la segunda ofensiva de Kharkov, el pasado Mayo, un T-34 extraviado en la retirada rusa, se escondió detrás de un granero. Vio pasar ante sí el tanque de Bruno y no desaprovechó la ocasión de dispararle por detrás a quemarropa. El punto flaco de los blindados es el fino blindaje posterior. El motor del flamante Panzer IV Ausf G, fue reventado por el proyectil de alta velocidad y comenzó a salpicar gasolina por todos lados. Se produjo el incendio al instante y el combustible en llamas penetró en el habitáculo del tanque por los agujeros que la carga hueca del proyectil ruso había abierto en el mamparo trasero del armario de la munición. Bruno, con las piernas heridas por los fragmentos y con los pantalones negros del uniforme de tanquista en llamas, consiguió salir por su escotilla y rodar hasta el suelo. El conductor y el operador de la radio también consiguieron salir. El artillero y el cargador no tuvieron tanta suerte. Recibieron lo peor de la lluvia de fragmentos y no pudieron moverse: Se quedaron en el tanque. Les oyeron gritar y aullar hasta que las municiones recalentadas por el infierno de combustible ardiendo comenzaron a estallar dentro del carro. Los pantalones de Bruno, saturados de aceite y grasa se resistían a apagarse a pesar de los puñados de tierra y palmetazos. Finalmente se apagaron cuando ya no había nada más que quemar. Las piernas de Bruno, con la piel carbonizada, parecían uno de esos tratados de medicina que muestran sólo los músculos de un ser humano. Bruno sobrevivió al calvario del caos de los hospitales de campaña, fue evacuado a un hospital en Kiev y finalmente le han enviado a acabar de curarse aquí.

Las piernas de Bruno jamás ganarán ningún premio de belleza. Lo que quedaba de piel en sus piernas ha cicatrizado con un caprichoso dibujo de tonos rojos y blancos que se intercalan en intrincados arabescos. Una piel fina y transparente como un papel de fumar pero que es tersa y rígida como un pergamino. Cada vez que hace ejercicios de rehabilitación, se le agrieta la piel en las articulaciones y tienen que traerle a la habitación con una silla de ruedas con media docena de vendas manchadas de rojo cubriendo sus piernas. ¡Ver para creer en los milagros de la medicina alemana! Según los médicos, dentro de pocos días Bruno Dietelmayer estará listo para reincorporarse a su destino en el cuarto ejercito Panzer. Pero todos sabemos que Bruno está lejos de estar bien.

Por las noches le oímos murmurar en sueños.

-¡Mis piernas! ¡Dios mío! ¡Mis piernas!

Hace dos días, tal y como marca la tradición, Bruno finalmente se armó del coraje necesario y escribió las cartas para las madres de los hombres que no pudieron salir de su tanque. Había sido su jefe, su teniente y algo más importante: Su camarada. Escribió a las madres que debían estar muy orgullosas. Sus hijos habían muerto como héroes por el Führer y por Alemania. Además había sido muy rápido: Nunca se llegaron a enterar de nada. Bruno Lloró inconsolablemente en silencio mientras escribía línea tras línea de mentiras piadosas.

Aquella misma noche nos despertó a todos mientras aullaba en sueños:

-¡Salid de ahí! ¡Por el amor de Dios! ¡Salid de ahí! ¡El tanque va a explotar! ¡SALID!!!!

Tuvo que venir una enfermera corriendo a ver qué pasaba. La chica se sentó en la cama al lado de Bruno y mientras le acariciaba el pelo empapado de sudor le susurraba que se calmara. Finalmente consiguió tranquilizar a Bruno.

Si en esta guerra hay algún héroe son estas jóvenes vestidas de blanco y gris. Cada día ven lo que ninguna persona debería ver. Nunca una mala cara. Sus atenciones son genuinas y sus gestos denotan la compasión que sienten por los hombres rotos que los azares de la guerra han puesto a su cargo.

El siguiente paso de la liturgia clínica de la mañana es medir nuestras constantes vitales. Las enfermeras nos introducen termómetros en las bocas y nos cuentan las pulsaciones. Sus suaves manos cogen nuestras muñecas y el contacto femenino nos hace soñar lo imposible. Cuando han acabado, lo anotan todo aplicadamente en la tablilla que cuelga al pie de la cama.

Una pausa en el combate de la mañana. Luego se reanudan las hostilidades: Entran dos enfermeras con un carrito. Hora de lavarse.

Las enfermeras quieren comenzar, como de costumbre, con el alférez Dekker. Pero éste, como siempre, mira rígidamente al frente mientras se pone trabajosamente en pie antes de dirigirse al lavabo apoyándose en un bastón. Hace un gesto autoritario a la enfermera que va a ayudarle. No soporta que le laven en la cama si puede levantarse y tampoco soporta que le ayuden si puede valerse por sí mismo. Las enfermeras preferirían que se dejara hacer, pero él prefiere lavarse a solas en el cuarto de baño. Dekker pone de los nervios a la enfermera jefe Schulze y ella saca a Dekker de sus casillas. Tal para cual. Un conflicto de autoridades.

Paul Dekker es hijo de una larga estirpe de oficiales alemanes. Una familia que ha regado con su sangre y con la de sus enemigos los campos de batalla de media Europa desde los tiempos en que los caballeros teutones iban a escabechinar a herejes letones como quien se va al trabajo. El paso de Dekker a la academia militar fue tan natural para él como sentarse a la mesa a comer. Las chicas suspiraban cuando miraban al joven cadete en su resplandeciente uniforme: Rubio, ojos azules y cara simpática. Literalmente se deshacían cuando él les devolvía la mirada. Sin embargo lo que de verdad motivaba a Paul era llegar al frente y seguir la tradición militar de la familia liderando hombres en combate.

Cuando salió de la Academia militar, fue destinado al Afrika Korps. Finalmente llegó a las costas de Libia. Se creyó totalmente realizado cuando se incorporó a su unidad. Cuando se dirigían hacia el frente, Dekker iba en el primero de los cuatro camiones que transportaban a la compañía. De repente, en una zona de terreno llano sin apenas protección, desde detrás de unas rocas comenzó a tabletear una ametralladora pesada de tiro rápido. Los vehículos se detuvieron y los hombres saltaron a tierra. Los menos afortunados que no encontraron dónde guarecerse acabaron muertos sobre la misma carretera. Los demás trababan de pegarse al terreno mientras las balas zumbaban sobre sus cabezas. La ametralladora, al quedarse sin blancos, se concentró en los camiones. Los neumáticos explotaban y los parabrisas quedaron hechos trizas mientras la ametralladora barría el convoy. El tercer camión de la fila recibió una bala trazadora en su tanque de combustible. El camión saltó por los aires mientras los tanques de diesel de reserva - Nadie se metía esos días en el desierto sin llevar reservas de combustible y de agua - convertían la carretera en un infierno donde varias figuras en llamas lanzaban gritos desgarradores.

Un sargento se le acercó a la pequeña depresión en la que estaba acurrucado el joven alférez y le dijo que el teniente había muerto. Tras un momento de vértigo, Paul comprendió que ahora todos aquellos hombres dependían de él. Pero para eso es para lo que le habían educado. Recordaba las clases de la academia militar y cómo se debía atacar un nido de ametralladora en terreno expuesto. Se sobreimpuso al miedo que le atenazaba la garganta y esperó que la voz no le saliera temblorosa. Dio órdenes de que recuperaran las granadas de humo de uno de los camiones. La sencilla operación se cobró cuatro vidas más. Dispuso que tras un lanzamiento de granadas de humo, un pequeño grupo avanzara cubierto por el humo, armados con granadas de mano para lanzarlas sobre la ametralladora mientras el resto de la unidad abría fuego de cobertura contra la posición enemiga para tratar de obligar a los ingleses a mantener la cabeza agachada. Tras dos intentos, ocho hombres yacían muertos o heridos entre la carretera y la ametralladora. La ametralladora estaba demasiado alejada y los granaderos salían de la cortina de humo a demasiada distancia como para utilizar sus armas con efectividad.

El sargento se arrastró trabajosamente hasta su posición y le sugirió que esperaran un poco. Pronto pasaría alguien por la carretera y les ayudaría. Paul no quería que su primera acción al mando acabara en un rescate e insistió en que se montara otro asalto. Cuando el sargento gritó las órdenes, los hombres no se movieron. Ninguno quería convertirse en otro despojo sangrante sobre las abrasadas arenas del desierto. Dekker recordó otra cosa de la academia: Los hombres necesitan liderazgo. Sin pensarlo dos veces, descapsuló él mismo dos granadas de humo y las lanzó en rápida sucesión. Entonces se levantó y les gritó a sus hombres que le siguieran en el avance. Se lanzó a la carrera hacia la barrera de humo y de repente estaba al otro lado. De inmediato la ametralladora enemiga comenzó a tabletear. Las balas pasaban a su alrededor como abejorros enfurecidos. Por unos segundos parecía que era inmune. Se giró para dar ánimo a sus hombres y entonces la ráfaga le encontró, así, medio girado. La primera bala le rozó la columna vertebral. Instantáneamente perdió el control de su cuerpo. La segunda también le cogió de refilón: Entró por un lado de la nariz y salió por el otro, desgarrándosela como si alguien le hubiera pegado un hachazo desde abajo. La bala continuó hacia su mejilla derecha, penetró, rozó el pómulo y se rompió en fragmentos que se abrieron paso en dirección a su oreja desgarrando todo el tejido que encontraron por el camino. No hacía ni una semana que Paul Dekker había incorporado a su unidad y ni siquiera había llegado a ver el frente.

Diez minutos más tarde, Atraídos por la columna de humo del camión en llamas, aparecieron por la carretera dos blindados ligeros de reconocimiento Sdkfz 221. Al verlos, los servidores de la ametralladora enemiga, rápidamente desmontaron el arma y en seguida salió desde detrás de las rocas un Rolls Royce de exploración inglés. Los dos blindados concentraron su fuego en el vehículo inglés que enseguida fue acribillado, volcó y se incendió. Entonces pudieron recoger a Dekker y a los otros heridos. La mitad derecha de su cara estaba destrozada. Había perdido un ojo y casi toda la carne entre el labio y la oreja. El impacto en la columna vertebral produjo una inflamación en la médula y quedó paralítico. Fue evacuado a Túnez, luego a un hospital italiano en Nápoles y finalmente al hospital militar de convalecencia 114B, Dortmund.

Aunque la parálisis del alférez Paul Dekker remitió según la inflamación de la columna cedía, tuvo que volver a aprender a caminar. De hecho sigue aprendiendo. De ahí el bastón que necesita para caminar. Pero no hace falta ser un genio para comprender que para el joven Paul Dekker, sus desmañados y torpes andares no son lo peor. Paul no soporta la monstruosa imagen que le devuelve el espejo y no pasa día en que no piense en que ojalá las balas enemigas le hubiera cogido de frente en lugar de medio lado. Habría sido una muerte rápida. No se habría dado cuenta. Le han quitado piel del lado bueno de la cara para apedazar lo que se llevó la bala. Una de las tiras cubre el hueco donde estaba su ojo. La depresión muestra una piel lisa y parece que nunca hubiera tenido ojo. El resto de la cara está totalmente desfigurado. Sólo uno de sus ojos sigue vivo. Pero ya no es la mirada del joven risueño que se unió a su unidad en Libia. Ahora ese iris azul relampaguea con un odio implacable hacia el mundo entero. Sin excepciones ni medias medidas.

Llega el jefe médico Surmann con dos jóvenes asistentes. Va de cama en cama, coge la tablilla con los datos que han recogido las enfermeras e inspecciona al hombre que yace ante él. No habla mucho. De cuando en cuando se gira hacia uno de sus asistentes y le hace una pregunta sobre el diagnóstico o la evolución del enfermo. No es que no sepa las respuestas. Quiere evaluar a los futuros galenos. Pronto éstos serán enviados a hospitales del frente y parte de su trabajo es ponerlos a punto. El Doctor Surmann con su pelo plateado es una institución en este hospital. Su trato es distante pero tiene reputación de ser uno de los mejores médicos del ejército. Tal vez sea por eso que muchos de los casos más peliagudos acaben en el hospital militar de convalecencia 114B, en Dortmund.

Los jóvenes médicos se van, tratando de seguir el rápido paso del doctor Surmann y poco después llegan las enfermeras con el desayuno. A pesar del día gris y con lluvia que amanece afuera, las enfermeras son como pequeños soles que irradian alegría. Una de ellas alimenta con cuidado a Lange.

Al capitán de la Wehrmacht Wolfgang Lange le faltan los dos brazos y las dos piernas. Por eso le dan de comer. Para él la guerra ha acabado. Sin embargo no está en el hospital por eso. Los muñones curan muy rápido y los suyos cicatrizaron hace tiempo. Estaba en el frente de Leningrado cuando pisó una mina.

Al principio de la guerra los rusos sólo tenían un tipo de mina antitanque y uno antipersona. Las minas antitanques son artefactos pesados y fáciles de detectar. No cuesta mucho para un infante - que pesa mucho menos que un tanque - desenterrarla y manipularla con seguridad e incluso ponerla en otro sitio donde sirva a nuestros propios intereses en lugar de para proteger los intereses enemigos. Precisamente para evitar que los artificieros se acercaran a las minas antitanque se inventaron las pequeñas minas antipersonales. Son unos pequeños artefactos diabólicos diseñados para detonar a cualquier cosa que pese entre uno y diez kilos. Los rusos han luchado constantemente a la defensiva desde el principio y se han visto obligados a recurrir más y más a las minas como un arma de defensiva y de desgaste. Siempre están de servicio. 24 horas al día. Listas para cumplir su cometido inmolándose al servicio de su país. Baratas y rentables. No fuman ni beben vodka y tampoco tienen que comer. Por ello ahora Iván tienen docenas de tipos diferentes de minas a su disposición y prácticamente han conseguido crear una nueva rama del ejército que trabaja sólo con ellas.

El capitán Lange pisó una mina PMD6 escondida bajo la nieve. Las PMD están hechas de madera, lo que las hace muy difíciles de detectar. Miden seis centímetros de alto, diez de ancho y casi veinte de largo. La mina armada parece una inofensiva cajita de madera para plumas o lápices cuya tapa no haya cerrado bien por un lado. Bastan seis kilos para que salte el pasador y la tapa encaje en su sitio detonando la mina. En una ciudad cercada escasea casi de todo. Por ello, en Leningrado, las variantes de la PMD6, en lugar de explosivo convencional, llevan sólo una carga de 200 gramos de nitrato de amonio mezclado con combustible diesel. Es difícil que maten, pero esa carga ya es más que suficiente para volatilizar un pie. Precisamente, como los rusos son conocedores de la poca pegada de sus minas, utilizan cualquier truco a su alcance para potenciar el daño: Tanto del que la pise la mina como para aquellos que se encuentren a su lado. La mina que pisó Wolfgang Lange estaba unida a un proyectil de mortero. Fue la metralla del mortero la que le destrozó las piernas y los brazos que tenía ante sí en el momento de la explosión. Pero como he dicho antes, no es por eso por lo que Wolfgang está todavía en el hospital. Lo peor fueron las piezas de metralla que le entraron por la entrepierna. Aparte de castrar a Wolfgang, la metralla le destrozó el ano y la mitad del intestino.

Si la mina hubiera sorprendido a Wolfgang en un periodo de alta actividad en el frente, es más que probable que le hubieran etiquetado como caso desesperado y habría muerto cubierto por la nieve esperando en vano su turno en el quirófano. Un turno que sería continuamente aplazado en favor de otros que tuvieran más posibilidades de sobrevivir. Pero Wolfgang no tuvo esa suerte. Aquella semana casi no había habido actividad en aquel sector del frente y los médicos del puesto de primer auxilio pudieron aplicarse a salvar su vida. Le amputaron los jirones de carne en que se habían convertido sus piernas y consiguieron cortar las hemorragias. Luego lo enviaron a un hospital cerca de Varsovia donde le amputaron los brazos, pues se habían comenzado a gangrenar. En cuanto pudieron moverlo, lo enviaron a este hospital de Dortmund para acabar de curarlo antes de devolvérselo a la joven esposa que le espera en casa y que sólo sabe que le han herido. Pero no dónde ni cómo.

Wolfgang no quiere volver a casa. No responde a las angustiadas cartas de su esposa a pesar de que nos hemos ofrecido a escribir por él. Totalmente amargado, el capitán está cansado de pedirnos que le matemos, wolfgang nos insulta y nos provoca: Llama al tanquista Dietelmeyer "nenaza". El alferez Dekker es "el guaperas" y yo soy el "piloto de pacotilla" o el "marinero de lago". Lo hace para ver si alguno de nosotros pierde la cabeza y le hace un favor. Las curas en su bajo vientre le producen dolores atroces. Puesto que él ya no tiene ni colon ni ano, de un lado de su vientre aparece una cánula que pasa a un tubo que va al cubo que bajo su cama recoge sus heces. Otra sonda emerge de entre sus vendajes, allí donde en otros tiempos estaba sus genitales, y conecta su vejiga con el mismo cubo. Cuando se desespera, nos ruega directamente que le matemos y luego, cuando ve que no vamos a hacerlo, indefectiblemente se pone a llorar.

- Cabrones, ¡no lo entendéis! No puedo volver a casa así.

Es una escena desgarradora ver a un hombre convertido en lo que es Lange. Pero ya nos hemos acostumbrado. Además hacerle el "favor" a Lange y acabar con su vida, significa acabar frente a un tribunal militar. Bien mirado, no tengo motivos para quejarme. Mis heridas se curan bien y podré reintegrarme pronto al servicio.

El día pasa con su parsimoniosa rutina. Por la tarde, entra la enfermera Schulze.

- Wolfson, tiene visita.

Tras la enfermera entra nada más y nada menos que el Doctor Bohler. El médico que me atendió en el hospital de París. Es todo sonrisas.

- Estoy de camino de reincorporarme a mi unidad y precisamente tenía que pasar por Dortmund así que he aprovechado para saludar al doctor Surmann que es un viejo amigo. También sabía que estaba usted aquí y quería examinarle. Un poco de vanidad paternal, ya me entiende. A algunos médicos nos gusta saber cómo le va la vida a nuestros pacientes después de que hayan pasado por nuestras manos.

Mira la tablilla y me inspecciona. Declara su satisfacción.

- Va a quedar como nuevo -ve mi gesto torcido y añade con sorna- Creo que ya le dije que antes ya no era demasiado guapo, así que no se ha perdido mucho.

Luego poniéndose serio añade: - Cuanto antes acepte las realidades de la vida, mejor llevará el día a día. No se amargue. Estamos en este mundo demasiado poco tiempo como para estropearlo con lamentaciones.

El buen hombre está que se sale. Vuelve al frente con su amada unidad.

- Estoy deseando volver a la 16 panzer. Están en el frente del este. Con el sexto ejército, en Stalingrado. ¡No sabe cómo me supo de mal perderme la campaña de verano! ¡imaginese! ¡una mañana salieron del Don y por la tarde habían llegado al Volga!. Esos rusos están acabados. Ahora sí. Me horroriza la idea de llegar allí justo antes de que comience el invierno, el último no se me dio demasiado bien. Me parece que ya le expliqué que me tuve que amputar yo mismo un par de dedos de los pies que se me habían congelado. Sería terrible padecer otro caos como el de la retirada del último invierno, Pero el otro día el Führer dijo en el Sportpalast de Berlín que no nos vamos a mover de Stalingrado y a mí ya me vale eso. El Führer siempre ha hecho lo que ha prometido, ¿no? Espero llegar antes de que todo haya acabado. Un colega me dijo que están teniendo muchas bajas y no dan abasto. Hay que reconocer que esos rusos se aferran al terreno como garrapatas.

Parece que va a irse cuando de repente parece recordar algo. Rebusca en su abrigo y saca un sobre de aspecto oficial.

-Justo después de que le trasladaran llegó esto para usted. Como sabía que iba a pasar yo mismo por Dortmund me ofrecí a traérselo en persona.

El Doctor me da el sobre y a continuación me hace un saludo militar.

- Permítame en ser el primero en felicitarle.

Saco los dos documentos. El primero ya lo esperaba. Me conceden el Verwundetenabzeichen. La insignia por herido de guerra. Con el segundo me quedo sin palabras. La cruz de hierro de primera clase.

- ¿Y esto? no... no lo entiendo.

El doctor me palmea el hombro mientras ríe.

-Joven, ¡ya lo entenderá! Es lo que tiene trabajar para un estado mayor. Si se está suficientemente arriba, se corta uno con el cuchillo de la mermelada en el desayuno y le conceden el "huevo frito" - Dice, refiriéndose a la Orden de guerra de la Cruz alemana.

Finalmente se despide de mí con un apretón de manos. Yo también le deseo mucha suerte. Me pide que le escriba de cuando en cuando explicándole cómo mejoro y me aconseja que no tarde mucho. ¡En caso contrario tendré que pagar franqueo hasta Moscú!

Cuando se marcha, la habitación se vuelve a sumir en el silencio. El teniente Dietelmayer recoloca sus pierna con cuidado sobre los cojines. El alférez Dekker mira el techo mientras su único ojo irradia ira contra el mundo entero. En el otro lado, el capitán Lange con los ojos enrojecidos descarta su enésimo plan de suicidio porque necesitaría manos para poder llevarlo a cabo. En mi cama, siento como la sangre me sube a las mejillas por la vergüenza de una cruz de hierro que sé a ciencia cierta que no he merecido. ¿Qué puedo hacer? ¿Devolvérsela a Dönitz? ¡Impensable! Esas cosas no se hacen en Alemania. Me vienen a la cabeza las palabras de Bohler: Cuanto antes acepte las realidades de la vida, mejor llevaré el día a día. No debo amargarme, estamos en este mundo demasiado poco tiempo como para estropearlo con lamentaciones.

Fuera, la meteorología está tan melancólica como mis sentimientos. Llueve y hace frío en una triste tarde de otoño del norte de Alemania. Pero no es eso lo que me desazona. La de la cruz es otra herida que tendrá que cicatrizar, pero seguro que esta nueva herida tarda más que las otras porque no hay hospital en el mundo que pueda tratarme.
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Georg Wolfsohn
 
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